La Biblia Olvidada: Rescatando la fe evangélica del analfabetismo espiritual

La Biblia Olvidada: Rescatando la fe evangélica del analfabetismo espiritual

Por Fernando E. Alvarado (Director STPDG)

En el vibrante pero desafiante paisaje de las iglesias evangélicas contemporáneas, el analfabetismo bíblico se erige como una sombra persistente que amenaza con erosionar la vitalidad espiritual de las comunidades de fe. Me apasiona reflexionar sobre esto, ya que, en mi experiencia personal y observación, este fenómeno no es mero olvido intelectual, sino una desconexión profunda con la fuente misma de nuestra identidad cristiana. Como lo define con precisión Albert Mohler, el analfabetismo bíblico representa “la falta de conocimiento y comprensión de la Biblia entre individuos y comunidades, particularmente dentro del contexto de la Iglesia, que muestra una deficiencia significativa en la familiaridad con el contenido, los temas y las enseñanzas de la Biblia”(Mohler, 2004, p. 3, citado en Bowen, 2023, p. 3).

Esta definición resuena con la alarmante realidad descrita por investigadores como George Gallup y Jim Castelli, quienes afirman que “los estadounidenses veneran la Biblia, pero, en general, no la leen. Y debido a que no lo leen, se han convertido en una nación de analfabetos bíblicos” (Gallup & Castelli, 1989, p. 1, citado en Mohler, 2004, p. 1). En las iglesias evangélicas, donde la Biblia se proclama como autoridad suprema, esta ignorancia se manifiesta en una prevalencia creciente, con estudios revelando que solo el 5% de los estadounidenses interactúan frecuentemente con las Escrituras y son moldeados por ellas (Barna, 2019, p. 3, citado en Mathews, 2022, p. 3). Pero esta, tristemente, no solo es la realidad de las iglesias en los Estados Unidos. En Latinoamérica, el analfabetismo bíblico es igual o mayor. Este panorama nos interpela dinámicamente: ¿cómo podemos avivar el fuego de la fe si ignoramos el combustible divino?

Las consecuencias del analfabetismo bíblico en las iglesias evangélicas son multifacéticas y profundamente alarmantes, extendiéndose desde la esfera personal hasta la colectiva, y erosionando la integridad doctrinal y moral de las comunidades. Pienso en cómo esta plaga, como la califica Woodrow Kroll, “no es un problema; es una plaga” (Kroll, 2024, p. 1), genera un simplificación de la iglesia, donde los cristianos saben menos de la Biblia y practican menos sus enseñanzas, llevando a sermones superficiales y a una feligresía espiritualmente empobrecida (Kroll, 2024, p. 1-2). Mohler advierte que “los muchos frentes de compromiso cristiano en esta generación se pueden rastrear directamente al analfabetismo bíblico […] y la ausencia de predicación y enseñanza bíblica en nuestros hogares e iglesias” (Mohler, 2004, p. 2), lo que resulta en confusiones teológicas graves, como el 59% de los evangélicos que ven al Espíritu Santo como una fuerza impersonal en lugar de un ser personal, contrariando la ortodoxia trinitaria (Smietana, 2014, p. 47, citado en Bowen, 2023, p. 47).

Además, esta ignorancia fomenta una apatía moral, donde los creyentes permanecen mudos ante cuestiones éticas como el aborto o la desigualdad, ya que “no podemos tomar el camino moral porque hemos perdido de vista en gran medida dónde está ese camino” (Kroll, 2024, p. 3). En un tono personal, me duele ver cómo esto roba a los individuos de respuestas a preguntas vitales sobre la familia, el mal y el destino eterno, dejando a las iglesias evangélicas vulnerables a los errores doctrinales promovidos por los falsos maestros y a una fe diluida (Krejcir, 2007, p. 5, citado en Bowen, 2023, p. 5).

Superar el analfabetismo bíblico exige un enfoque dinámico y multifacético, que integre la educación intencional con la pasión personal por las Escrituras, revitalizando así el corazón de las iglesias evangélicas. Me anima pensar en soluciones prácticas, como las propuestas por Mohler, quien nos recuerda que “la recuperación comienza en casa. Los padres deben ser los primeros y más importantes educadores de sus propios hijos, enseñándoles diligentemente la Palabra de Dios” (Mohler, 2004, p. 2), inspirado en Deuteronomio 6:4-9. En el contexto eclesial, las iglesias deben priorizar la predicación expositiva y los grupos pequeños, como sugiere Ken Braddy, fomentando planes de lectura bíblica, estudios inductivos y clases adaptadas por edades para combatir esta “hambruna” espiritual (Braddy, 2017, p. 4, citado en Bowen, 2023, p. 4).

Personalmente, creo que implementar currículos de apologética cristiana, como el desarrollado por Bowen, que incluye siete semanas de lecciones sobre la fiabilidad de la Biblia y la defensa de la fe, puede equipar a los feligreses para leer, comprender y aplicar las Escrituras, midiendo el progreso con pruebas pre y post (Bowen, 2023, p. 57-58, 105). Esta aproximación no solo informa, sino que transforma, avivando un amor vibrante por la Palabra de Dios.

¿Por qué debería importarnos el analfabetismo bíblico? Porque, en esencia, atañe al núcleo de nuestra existencia cristiana y al testimonio colectivo de las iglesias evangélicas en un mundo escéptico y pluralista. Esta ignorancia bíblica “obstaculiza la formación de una cosmovisión bíblica y socava la capacidad de los cristianos para vivir de acuerdo con las enseñanzas de las Escrituras” (Mohler, 2004, p. 3, citado en Bowen, 2023, p. 3), dejando a los creyentes incapaces de defender la fe ante desafíos como el relativismo, tal como manda 1 Pedro 3:15 (Barnett, 2018, p. 6, citado en Bowen, 2023, p. 6). Kroll enfatiza que bloquea la intimidad con Dios, ya que “el analfabetismo bíblico es un obstáculo importante para una relación íntima con nuestro Padre Celestial” (Kroll, 2024, p. 5), robándonos la alegría de conocer Su carácter, como el salmista en el Salmo 42:1-2. En un plano más amplio, George Gallup Jr. advierte que “el analfabetismo bíblico presenta no solo un problema espiritual o religioso […] sino también cultural” (Gallup, 1990, p. 4, citado en Kroll, 2024, p. 4), afectando el valor percibido del cristianismo entre otras religiones y disminuyendo la urgencia evangelística (Kroll, 2024, p. 6). Nos importa porque, como generación, “no creeremos más de lo que sabemos, y no viviremos más allá de nuestras creencias” (Mohler, 2004, p. 2); superar esto no es opcional, sino imperativo para una iglesia viva, impactante y fiel.

El analfabetismo bíblico en las iglesias evangélicas no es un mal lejano, sino una llamada vibrante a la acción personal y comunitaria. Al confrontar sus consecuencias devastadoras, abrazar estrategias transformadoras y reconocer su relevancia profunda, podemos reavivar el fuego de la Palabra en nuestros corazones. Me motiva imaginar un futuro donde, como dice Mathews, los cristianos no solo afirmen “sola scriptura”, sino que la vivan con pasión y maestría (Mathews, 2022, p. 6). Que esta reflexión nos impulse a sumergirnos en las Escrituras, no como deber, sino como deleite dinámico.

Bibliografía: